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ChatGPT no arruinó la educación

un niño doblando su evaluación y viendo a una tableta
Generado en Gemini con Nano Banana

Muy poco después de que apareció ChatGPT y comencé a vislumbrar el impacto en la educación de esta nueva herramienta, también empecé a escuchar una frase repetirse con una mezcla de angustia y dramatismo: “Ahora sí, los alumnos ya no van a pensar.” (Con una serie de variantes ad infinitum). Pareciera que el 30 de noviembre de 2022 (cuando salió la primera versión de ChatGPT al público) hubiera sido una especie de apocalipsis educativo. Como si, hasta el día anterior, todo funcionara de maravilla y la inteligencia artificial hubiera llegado únicamente a arruinar un paraíso de pensamiento crítico.


¿En serio lo creemos? ¿En verdad nuestra capacidad de autocrítica y análisis nos limita para ver la verdad (dolorosa, sin duda)? La IA no llegó a destruir nada. Llegó a evidenciar una crisis de décadas y a poner bajo el reflector lo que llevábamos años barriendo bajo el tapete.


Cuando yo iba en 5o de primaria y mi hermano en 3o., enfermé y quedé en cama un par de días. En ese tiempo mi hermano me “contrató” para  leerle un libro del que iba a tener examen. Una noche antes de su examen le conté a detalle la trama, los personajes principales, situaciones específicas y todo lo que yo (con 11 años) consideré necesario para que mi hermano saliera laureado. Mi hermano regresó enojado conmigo, porque no le había dicho en qué página aparecía por primera vez X personaje y por no decirle que la abuelita usaba un calzón rojo (detalle totalmente superfluo). Más allá del dilema ético de la trampa, el ejemplo sirve para demostrar que, durante años hemos diseñado sistemas de evaluación que premian la respuesta correcta sin evaluar el proceso; la repetición fiel, sin garantizar la comprensión profunda. Exámenes donde el mayor mérito consiste en recordar exactamente lo que estaba en la página 42, con las mismas palabras, en el mismo orden. Y eso no empieza en bachillerato, mi ejemplo fue de primaria.


No estoy diciendo —antes de que alguien levante la ceja— que la memoria sea irrelevante. Sería absurdo. Memorizar las tablas de multiplicar importa tanto como aprender las reglas de ortografía. El problema es creer que memorizar equivale a entender.


Cuando durante años entrenamos a un alumno a “acertarle” a lo que el maestro espera leer, no deberíamos sorprendernos de que, cuando aparece una herramienta que puede acertar mejor, más rápido y sin errores de redacción, la utilice. Yo en su lugar quizá la usaría también, no por una moral relajada, sino por mantener coherencia con el sistema que hemos construido.


Entonces la conversación toma un matiz incómodo para ti amigo directivo o docente que me lees: si desde primero de primaria premiamos la respuesta idéntica al libro, el procedimiento calcado del ejemplo y el famoso “como dijo la maestra”, estamos enviando un mensaje claro: lo importante no es comprender, es no desviarse. El éxito académico se convierte en una cuestión de alineación, no de reflexión.


Y diez años después, ¡nos escandalizamos porque el alumno usa inteligencia artificial para cumplir con una tarea! Pero, ¡si lleva una década aprendiendo que cumplir es suficiente!


Insisto: la IA no vino a romper la educación, ni a echar a perder nuestros sistemas de evaluación. Vino a demostrar que el producto final dejó de ser evidencia suficiente de aprendizaje. Si lo único que veo es un ensayo bien escrito, una definición impecable o un problema resuelto correctamente, ¿cómo sé que hubo comprensión detrás y no solo reproducción eficiente? Antes la reproducción venía de “El Rincón del Vago”, más atrás de las monografías de la pape. Hoy puede venir de un modelo de lenguaje. La herramienta cambió; la fragilidad del diseño evaluativo sigue siendo la misma.


La transformación tiene que ser más estructural y, al mismo tiempo, más sencilla: empezar a valorar el proceso. Un niño de ocho o nueve años puede explicar cómo llegó a una respuesta. Puede comparar dos soluciones y argumentar cuál le parece más clara. Puede detectar un error intencional en un procedimiento. Eso no es pedagogía futurista; es diseñar conscientemente lo que decimos que queremos formar. Y claro que toma más tiempo que aplicar el mismo examen que hemos aplicado durante años. Pero también forma capacidades distintas en nuestros alumnos.


En secundaria y bachillerato el reto escala, pero el principio es el mismo: un alumno puede usar IA para generar una respuesta y luego analizarla, cuestionarla, mejorarla. Puede contrastarla con otras fuentes. Puede defender por qué está de acuerdo o en desacuerdo. Si logramos eso, superamos el miedo. La herramienta deja de ser una amenaza para convertirse en un catalizador de una formación más integral y, sobre todo, más humana.


La pregunta de fondo no es si la IA permite copiar. Siempre ha habido formas de hacer trampa. La pregunta es: ¿hemos diseñado escuelas donde copiar (con o sin tecnología) es suficiente para aprobar?


Si la respuesta es sí, entonces el problema no es la inteligencia artificial. Es nuestra cultura educativa, pedagógica y evaluativa.


Rediseñar eso no empieza en bachillerato, cuando el alumno ya está acostumbrado a sobrevivir académicamente. Empieza en primaria, cuando todavía estamos formando la relación que tendrá con el conocimiento. Si dejamos claro que entender vale más que repetir, la llegada de cualquier tecnología será una oportunidad de crecimiento y no una sentencia de muerte para el pensamiento.


Quizá ChatGPT no sea el villano de la historia. Quizá solo sea un espejo que refleja lo que llevamos años sin querer ver.



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