Los 7 criterios sobre IA que ya están usando los directores escolares que van un paso adelante
- Ernesto Bañuelos
- 28 ene
- 5 Min. de lectura

A finales de 2022, ChatGPT dejó de ser un experimento de laboratorio para convertirse en una herramienta de dominio público. Para muchos, fue el primer contacto tangible con la Inteligencia Artificial: una interfaz capaz de ofrecer respuestas articuladas e inmediatas. No era perfecta, pero bastó para cambiar los hábitos de consumo de información para siempre.
Como era de esperarse, el primer uso masivo ocurrió donde siempre aparecen los atajos: entre estudiantes curiosos que detectaron oportunidades para acelerar tareas, resumir lecturas o “resolver” trabajos escolares. Y a muchos profesores, coordinadores y escuelas los tomó en curva. No hubo tiempo para preparar manuales o marcos institucionales ; entre otras cosas porque, al inicio, ni siquiera era evidente qué debía regularse.
Si se me permite la comparación, en cierto aspecto se parece a lo ocurrido durante la pandemia: la realidad cambió rápido y obligó a reaccionar sin preparación. Aunque difieren en naturaleza, la dinámica fue la misma: la escuela tuvo que adaptarse mientras seguía operando.
Frente a la IA, algunas escuelas reaccionaron con entusiasmo desmedido; otras, con bloqueos o prohibiciones generales. Con el tiempo, sin embargo, los directores y coordinadores que están obteniendo resultados reales han tomado un camino distinto: menos discursos grandilocuentes y más reflexión para implementar con juicio.
A lo largo de nuestro acompañamiento a escuelas, hemos visto patrones consistentes. De ahí concluyo estos siete principios que ya guían a directores y coordinadores académicos que usan la IA con sentido educativo y organizacional.
1. Elimina trabajo repetitivo o innecesario, no intentes “revolucionar la escuela”
La IA no debería empezar prioritariamente en el salón de clase con los alumnos, sino en el trabajo invisible que asfixia a docentes y coordinadores: reportes repetitivos, planeaciones duplicadas, correos interminables, minutas que nadie vuelve a leer.
Las escuelas que avanzan no comienzan rediseñando el modelo educativo, sino eliminando fricción operativa. Ahí es donde la tecnología tiene un impacto inmediato. Menos carga administrativa significa más tiempo para acompañar a los docentes y tomar mejores decisiones educativas.
Pregunta clave que debes hacerte:
¿En qué estamos invirtiendo tiempo sin que eso se traduzca en una mejora real del aprendizaje?
2. Usa la IA tú primero, antes de pedirle algo al equipo
No se puede liderar un cambio hacia algo que no se conoce y, mucho menos aún, que no se usa. En educación esto es especialmente evidente: los docentes detectan rápido cuando una iniciativa nace de la experiencia, o cuando proviene de un discurso exigente pero vacío.
Quienes logran resultados no tienen segunda carrera en cuántica computacional, son usuarios reales. Usan la IA para ordenar ideas, apoyar la redacción de comunicados o “pelotear” escenarios antes de decidir. Cuando son transparentes sobre sus beneficios, el equipo entiende que la IA no es una amenaza, sino una herramienta que fortalece el criterio profesional. Eso genera confianza.
Pregunta clave que debes hacerte:
¿Estoy pidiendo a mi equipo que explore algo que yo mismo no he integrado a mi forma de trabajar?
3. Permite exploración guiada antes de intentar regularlo todo
Uno de los errores más comunes frente a la IA en las escuelas es querer definir reglas exhaustivas antes de haber entendido el fenómeno en la práctica. Manuales y prohibiciones aparecen más rápido que la comprensión real.
Las escuelas que avanzan están haciendo algo contraintuitivo: primero permiten una exploración guiada, con márgenes claros pero sin sofocar. Profesores y coordinadores prueban usos reales con acompañamiento y conversación abierta sobre lo que funciona. A partir de esa experiencia surgen acuerdos más sensatos y políticas mejor fundamentadas. El orden llega un poco más tarde, pero es mucho más efectivo.
Pregunta clave que debes hacerte:
¿Estoy intentando controlar algo que todavía no he permitido comprender dentro de mi escuela?
4. Usa la IA para pensar mejor, no para decidir por ti
En el entorno escolar, la presión por responder rápido es constante. Ante esa urgencia, la IA puede ser una tentación peligrosa: un atajo para “tener la respuesta” en lugar de un apoyo para profundizar en el problema.
Los directivos que la usan bien no delegan decisiones, sino que amplían su reflexión. La emplean para contrastar enfoques, anticipar consecuencias o detectar ángulos ignorados. Esto no reemplaza el criterio profesional; al contrario, obliga a justificar mejor por qué se elige un camino y no otro.
Pregunta clave que debes hacerte:
¿Estoy usando la IA para ampliar mi pensamiento o para evitar el esfuerzo de pensar antes de decidir?
5. No inventes estructuras por moda o por pánico
Cuando aparece una tecnología nueva, muchas instituciones reaccionan creando cargos o comités “especiales” antes de haber definido prácticas claras. Esto suele traducirse en títulos rimbombantes que existen más para tranquilizar que para transformar.
Las escuelas que lo están haciendo bien han sido más prudentes. Antes de crear nuevas figuras, identifican qué prácticas deben cambiar y quién, dentro de la estructura actual, puede liderarlas. La IA exige liderazgo y responsabilidad distribuida, no necesariamente nuevos organigramas. Las estructuras solo tienen sentido cuando responden a una necesidad real.
Pregunta clave que debes hacerte:
¿Estoy creando orden para que la escuela funcione mejor o solo para sentir que “ya hicimos algo”?
6. Usa la IA como herramienta para pensar, no como atajo para dejar de hacerlo
La pregunta relevante no es si los alumnos usarán la IA, eso ya se da por sentado, sino cómo ese uso afecta la calidad de su pensamiento. Ignorar esto lleva a extremos: prohibiciones totales o permisividad ingenua.
Las escuelas que están avanzando han entendido que el problema no es la herramienta, sino el tipo de esfuerzo cognitivo que se fomenta. Usada sin criterio, la IA es una muleta intelectual; con intención educativa, ayuda a formular mejores preguntas y revisar argumentos.
Esto exige claridad sobre qué se espera que el alumno haga con la herramienta. Bien usada, la IA no elimina la necesidad de esfuerzo intelectual; por el contrario, la hace más visible.
Pregunta clave que debes hacerte:¿Estamos usando la IA para elevar el nivel de pensamiento de nuestros alumnos o para facilitarles evitarlo?
7. Crea espacios seguros para experimentar sin castigo
La adopción real no ocurre bajo vigilancia o amenaza de sanción, sino cuando hay permiso explícito para experimentar y aprender del error.
Quienes ven resultados crean espacios controlados: pilotos, pruebas acotadas y conversaciones honestas. Cuando hay confianza, surge el aprendizaje institucional y la IA se convierte en una oportunidad para fortalecer la cultura profesional, no en una fuente de tensión.
Pregunta clave que debes hacerte:
¿En mi escuela existe un margen real para experimentar y equivocarse, o solo para cumplir sin hacer ruido?
Al final, la IA en una escuela no es un “proyecto de tecnología”. Es una prueba de liderazgo, de cultura profesional y de claridad educativa. No se trata de correr detrás de herramientas nuevas, sino de decidir qué procesos automatizar, qué pensamiento exigir y qué tipo de escuela queremos ser de cara al futuro.
La diferencia entre una adopción superficial y una transformadora radica en el discernimiento, en los límites explicados con honestidad y en la confianza que permite aprender sin caer en la apariencia de cumplimiento.
Si tu escuela logra eso, la IA deja de ser un problema a controlar para convertirse en lo que siempre debió ser: una herramienta al servicio de una educación más coherente, humana y efectiva.
¿Qué cambiaría mañana en tu escuela si la IA dejara de ser un tema de moda y se convirtiera, por fin, en una disciplina de criterio?



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