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El Eco del Taller: el arte de aprehender en tiempos de la IA

tres tiempos de un aprendizaje
Imagen creada con ChatGPT

Parte 1 - Mano de Taller (Nueva España, 1768)


Juan estaba feliz. Iba corriendo a la casa-taller del maestro, adscrito a la cofradía de San José (la de los carpinteros), para llegar antes de que despuntara el alba. Todavía no lo podía creer: había sido elegido de entre una veintena de muchachos más o menos de su misma edad, 16 años cumplidos. Aunque pensándolo bien, no había sido suerte. En el barrio, la parroquia era el mejor algoritmo de selección de recursos humanos y su nombre ya había sido mencionado por las bocas que importaban: el sacristán, que todo lo ve; el herrero, que todo lo oye; la comadre que todo lo confirma (con ese tono exagerado que a algunos hacía gracia y a otros cansaba). “Sin vicios y con misa”, dijo. Con esa credencial, el maestro lo citó para que llegara antes de la aurora. Si llegaba tarde, la primera prueba lo descartaría de inmediato.


No hubo examen de admisión escrito. Con palabras escuetas, el maestro le ordenó cargar los tablones desde el portal del almacén hasta el banco grande, “sin arrastrar y que no crujan, que parezca que flotan”. Luego, sin que nadie se lo pidiera, barrió las virutas hasta que el piso quedó como recién bendito (diría su mamá). Para esa hora, los otros dos aprendices, unos años más avanzados que él, ya estaban en el taller ayudando al maestro. Y entonces, en silencio, mirar. Observar. A media mañana, el maestro se volvió hacia él y le entregó un formón: “una línea recta. Sin apoyar el codo, sin apretar los dientes, sin pelearte con la veta.” El muchacho obedeció. El maestro sonrió por dentro, había disposición a escuchar la indicación completa. ¿Sabría repetir con calma? ¿Cuidaría la herramienta como si fuera suya y ajena a la vez?


A mediodía, cuando el olor a aceite de linaza y a pan recién horneado del puesto vecino le recordó a Juan que su tripa rugía, entraron los serios: el padrino de Juan (que en estos asuntos vale más que el notario), un vecino de respeto y el escribano del cabildo con su tintero portátil. El padrino puso sobre la mesa una bolsa con monedas para la manutención del chico mientras se hacía hombre de oficio: la prima de aprendizaje. Junto con la bolsa, el pliego grueso de la carta de aprendizaje. Nada de “Términos y Condiciones” en letra de tres puntos imposible de leer. Aquí se leía todo, en voz alta y con pausas para tragar saliva.


El contrato decía, con la solemnidad de la época, que Juan se obligaba por siete años a servir fielmente, no casarse, no entrar a tabernas, no jugar a los dados, no revelar secretos del oficio y no dañar herramientas ni maderas. A cambio, el maestro prometía enseñanza de todos los misterios del arte, cama, mesa y vestido, corrección “razonable” y, si Dios daba licencia, un lugar en el mundo. El escribano leyó, levantó la ceja en las cláusulas morales (para que todos tomaran nota), y selló con lacre. El padrino firmó; Juan, que apenas garabateaba, con la cabeza en alto, puso su cruz.


El maestro rasgó el pliego: la mitad para el arca del taller y la otra mitad para la familia y llamó al mayordomo del gremio para que asentara el nombre en las ordenanzas. Había llegado al tope de aprendices: por norma, cada maestro podía tener pocos aprendices. No por elitismo, sino porque el oficio entra de cerca.


Al día siguiente, Juan volvió con un nuevo estatus. Llegó con un baúl modesto (una muda, una navaja, una estampa de San José y un rosario), y el maestro le señaló su banco bajo la ventana. Y empezó su nueva vida: limpiar antes que nadie, preparar herramientas con mimo (porque una cuchilla sin filo es una homilía sin Evangelio), acarrear madera, mirar, imitar, fallar, corregir, repetir. El salario, si acaso, vendría más tarde; al principio, la paga era comida, cama y oficio. Y ojo: oficio significa carácter. Si traías prisa, el banco te la quitaba; si traías soberbia, el formón te la limaba.


La comunidad no sabía de “recursos humanos”, sabía de humanidad. El compadrazgo funcionaba como fianza moral; el gremio, como escuela y policía; la parroquia, como LinkedIn.  El aprendizaje era un proceso de técnica y pertenencia. Y esa pertenencia incluía reglas que hoy nos parecerán duras, pero tenían un norte: templar la voluntad para que la mano no corriera más rápido que el juicio.


Para el final del primer mes, Juan ya distinguía el sonido de una cuchilla bien asentada; para el final del primer año, entendía que una mesa no es plana porque lo diga la vista, sino porque “calla el nivel”. Y sí, a veces le tocaba volver a cepillar una pieza por enésima vez, porque el maestro encontraba una falla que él juraba invisible. Fricción, le llamamos hoy. Antes le decían aprender a hacer las cosas bien.


Parte 2 - Cabeza de laboratorio (Ciudad de México, 1868)


Los claustros de San Ildefonso parecían un filtro de calma sobre el ruido de la ciudad. Rafael, diecisiete años y chaqueta prestada, cruzó el portón con un cuaderno nuevo apretado contra el pecho. El país había cambiado de página: Independencia ganada, Intervención expulsada, República restaurada y la escuela prometía la tinta de la ciencia.


Un bedel pasó lista con la solemnidad de un notario y una campanilla discreta que hoy sonaría a notificación. Cada nombre debía dejar firma junto a un sello en papel y con tinta que manchaba los dedos. El Plan de Estudios colgaba en un tablón como un menú serio: Matemáticas, Física, Química, Historia Natural, Lógica, Moral, Cívica. Un compañero, entusiasmado, dijo que en esos salones te enseñaban a preguntar bien antes de opinar.


El aula olía a tiza y a madera vieja. El profesor puso un prisma frente al sol y la luz se rompió en colores. “Señores, esto no es ninguna magia; es ley”, dijo. Rafael escribió “refracción” con letra de catálogo y mientras lo hacía, respiró más lento. En las bancas, las manos descansaban. No era necesaria la herramienta, se requería de mucha cabeza y voluntad para no quedarse dormido mientras el profesor hablaba como un merolico en cámara lenta y describía las leyes y teoremas que debían regir el pensamiento.


A mediodía, el claustro se llenó de voces, pan con queso y planes. Un grupo debatía si el latín seguía mandando o si el método científico ya era el nuevo idioma. Otro hablaba de los temidos actos públicos, esos exámenes orales donde había que recitar, explicar y defender una tesis sin más ayuda que la propia memoria, una defensa de ideas sin diapositivas que la respaldaran. El reglamento se vendía como Términos y Condiciones que esta vez sí convenía leer: asistencia, respeto, exámenes, conducta. A cambio: cátedras, biblioteca con catálogo de fichas (el Google de la época), y gabinetes según los recursos disponibles.


Por la tarde, un secretario con lentes de aro explicó el trámite en una mesa larga: folio, archivo, constancia. La Escuela Nacional Preparatoria prometía certificar el saber. El compadrazgo no desaparecía del barrio, pero aquí pesaba otra cosa: la firma bajo un acta y el dictamen de un tribunal. La especialización entraba por la puerta grande: más conocimiento al alcance de muchos, más estandarización, más cabeza fría. Y, sin darse cuenta, una pérdida pequeña pero real: menos roce, menos vecindad del oficio, ese aprender que se pega en los dedos.


Rafael conoció a los repetidores (alumnos más avanzados que echaban la mano a los nuevos) y a un pasante que presumía haber sobrevivido a jurisprudencia. En su libreta, Rafael apuntó una frase del profesor como si fuera regla de taller: “Primero ver; luego medir; al final, concluir.” La subrayó dos veces. Luego dejó un renglón en blanco, por si a la mera hora la realidad le pedía nota al margen.


Pasaron semanas. Rafael empezó a reconocer el silencio de un buen experimento: cuando los datos caen donde deben y el aparato no hace drama. Aprendió que una hipótesis no es verdadera porque se vea bien, sino porque callan las pruebas. Y sí, a veces tocaba rehacer ejercicios enteros para asegurar la calificación que lo llevaría al título de bachiller. Había fricción también aquí; sólo que venía en forma de pizarrón, pizca de orgullo herido y sello administrativo.


La ciudad, mientras tanto, probaba otros ruidos: máquinas en fábricas de hilados, vapores encendidos, trenes que ya casi atravesaban el valle. La especialización traía buenas costumbres—método, evidencia, archivo—y dejaba una sombra suave: ¿dónde se forma la mano que acompaña a la mente? Rafael no tenía la respuesta, pero intuía que algún día el país pediría cabeza de laboratorio y mano de taller en el mismo cuerpo.


Parte 3 - Dedos de instrucción (Ciudad de México, 2025)


La luz blanca, fría e impersonal iluminaba el aula, que parecía descompuesta: el proyector, caprichoso, decide qué y cuándo proyectar; El wifi marca tres rayitas, pero carga como si tuviera conexión EDGE. Treinta y dos adolescentes, con una soltura digital que da envidia y vértigo, van entrando al salón y al final, acarreando al rezagado, Elena, profesora de bachillerato, entra cerrando la puerta, con un termo en una mano y un cuaderno casi anacrónico en la otra. Desde hace un par de cursos atrás una sensación rara habita el colegio: la IA cayó de la noche a la mañana, como balde de agua fría y de pronto todo ha cambiado. Programas, políticas y promesas de que “esto nos va a ahorrar trabajo”. ¿Trabajo o aprendizaje? Esa parte no venía clara en el instructivo.


La semana pasada hubo junta, justo antes de iniciar el curso escolar. Unilateralmente, la dirección publicó la Política de uso de IA en una página y media: “permitido para ideas, prohibido para trabajos finales, declarar si se usó”. En un acto que intenta ser democrático, se puso a consulta y se aprobó por mayoría… y por agotamiento. En los pasillos, dos miedos y un conformismo: miedo a que los alumnos “dejen de pensar”, miedo en todos los docentes a quedarse obsoletos, conformismo de quien dice “si la IA ya lo hace, para qué batallar”. Elena anotó en su cuaderno: lo que aprendí (aprendido) no basta; lo que aprehendí (lo que me caló en los huesos) es lo que me salva. Y subrayó “aprehender = hacer propio”.


Esa mañana tocaba ensayo sobre la Revolución Industrial. Antes, Elena habría pedido un texto de mil palabras y fecha de entrega. Hoy no. Respiró hondo y habló:


— Hoy escribiremos diferente, con red de seguridad. La IA será su colchón, pero el salto es suyo. Sigan mis instrucciones:

Uno: trabajen con lo que hicieron de tarea, cada quien bosquejará una hipótesis y preguntas. Diez minutos, prohibida la IA;

Dos: quince minutos con IA, lo harán en pareja, pidan contraargumentos a su idea. Todo en bitácora: prompt, respuesta, qué compran y qué descartan;

Tres: cierran conmigo: tendrán que hacer una defensa oral breve. Les preguntaré cómo cambiaron de opinión sobre su hipótesis original.


En los rostros de los alumnos se dibujó el desconcierto, seguido de molestia. Uno levantó la mano: “Profe, ¿y si mejor nos deja entregarlo con IA y ya?”. Elena sonrió con cansancio amable:


No quiero un producto bonito; quiero escucharlos a ustedes y su criterio. Lo que diga la IA lo puede escribir cualquiera. Su opinión personal, no.


El primer bloque fue un murmullo de plumas. Al segundo, el salón se encendió: pantallas abiertas como si fueran ventanas al mismo editor que todo lo sabe. Hubo quien pidió “hazme el ensayo”; la IA cumplió con una redacción impecable y tópicos reciclados. Rebeca y Santiago le pidieron objeciones a su tesis. La IA señaló dos huecos:

— Profe, dice que confundimos mecanismos con causas”, anunció Rebeca, un poco irritada, un poco intrigada. Elena se acercó:

— Perfecto. Ahora pídele contraejemplos que desafíen tu planteamiento inicial. Si tu hipótesis aguanta después de discutirlo con la IA, tienes una tesis.


Mientras caminaba entre filas, Elena percibió la nueva fragilidad: nadie está a salvo del atajo o, por lo menos, de la tentación. La IA ofrece eficiencia con sabor a inmediatez y certidumbre. Y uno quiere creer. Pero en el punto exacto donde empieza el oficio, la herramienta calla o miente con estilo. Allí debe aparecer la mano del maestro: poner fricción, cuidar la honestidad, exigir defensa.


Antes de terminar la actividad con IA, Elena lanzó un reto: “Cinco minutos, sin pantallas. Escriban un párrafo que relacione lo que vimos hoy con otro proceso histórico que hayamos visto anteriormente.” Gemidos suaves, luego las plumas de nuevo rayando el cuaderno. Paula, que está acostumbrada a ser la primera, se veía pensativa. Elena se sentó a su lado:

— ¿Qué te falta?

— Creo que vi la idea… pero no la tengo.

— Exacto. Ver no es aprehender. Ayúdala —le dijo a su compañero de equipo—: explíquenlo sin pantalla.


Llegó el momento de la defensa. Tres parejas de alumnos, al frente. Alejandro y Julián presentaron un texto brillante y cero bitácora: “Se nos borró”. Elena no mordió el anzuelo:

— Si no me cuentas cómo llegaste, no me sirve qué trajiste. Siguiente.


Rebeca y Santiago mostraron su caja negra abierta: prompts, tachones, cambios de criterio. Elena preguntó:

—¿Qué error de la IA compraron al principio y descartaron después?

—Confundía consecuencia con causa —dijo Rebeca—. Lo detectamos cuando le pedimos contraejemplos.

—Bien. Eso es oficio. Saber dudar, pedir prueba, corregir con humildad.


Cuando terminaron, Elena apagó el proyector. El salón se sentía más suyo. Los alumnos se veían satisfechos, seguros y miraban con cierta admiración a su profesora. Tomó el cuaderno. En la esquina escribió: “Cerebro y manos, siempre juntos”. Y debajo, su política mínima para las clases que vienen: usar IA como lupa, no como muleta; bitácora obligatoria; defensa oral corta; examen de transferencia sorpresa; créditos claros. Lo que ayer era intuición, hoy sería regla viva.


Al salir al pasillo, una colega le susurró:

—¿No te da miedo que esto te cueste más tiempo?

Me da miedo formar gente sin carácter —respondió Elena—. Y eso sí sale caro.


Camino a casa, en el transporte, vio el feed de TikTok saturado: “10 prompts para solucionarlo todo”, “cómo automatizar tu semestre”, “haz más con menos”. Se vale, pensó. Pero no me resigno a confundir “hacer más” con “aprender mejor”. La ciudad rugía con su tráfico medido en minutos y notificaciones. Abrió el cuaderno y dibujó tres bancos: taller, cátedra, aula con IA. En el tercero escribió: fricción elegida. Sonrió. No era nostalgia. Era equilibrio.


Esa noche preparó la rúbrica como quien afila su herramienta: trazabilidad, criterio, argumentación, defensa. Añadió una línea que parecía una oración sencilla y un programa de vida:


“No publiquen nada que no puedan defender. No deleguen lo que quieran aprehender.”


Al día siguiente, cuando las pantallas se encendieron, el aula ya no estaba descompuesta. Era un taller del siglo XXI.


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