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“¡Ya tenemos curso de ChatGPT!”

La ilusión del "ya hicimos algo". Un grupo de profesores tomando un curso de inteligencia artificial

La reunión parecía ir bien. Hace unas tres semanas, nos sentamos con el equipo directivo de una escuela particular, de esas que se nota que cuidan su proyecto educativo, que tienen opinión sobre lo que hacen y por qué lo hacen. Llevábamos unos minutos escuchando sus retos cuando, en el momento en que empezamos a hablar de IA, la directora nos interrumpió con una frase dicha sin malicia, con alivio y al mismo tiempo tajante: "Eso ya lo tenemos cubierto. Nos están dando un curso de ChatGPT."  Y ahí terminó la reunión.


La anécdota es una entre varias parecidas con las que me he topado recientemente. Esa frase (y otras similares) se dicen con la misma tranquilidad con la que uno dice "ya vacuné al perro" o "ya renovamos el seguro" y revelan que en el sistema educativo hemos confundido aprender a usar una herramienta con transformar la manera en que trabajamos. Y no es lo mismo, en lo absoluto.


Salimos de esa reunión con una sensación rara. No de derrota, más bien algo parecido a la tristeza de ver a alguien convencido de que ya resolvió un problema que en realidad aún no ha terminado de entender.


¿Qué es, exactamente, un curso de ChatGPT?

En el mejor de los casos, es una introducción a la interfaz: cómo escribir prompts, qué tipo de preguntas hacer, cómo ajustar el tono de una respuesta. Útil, sin duda. Pero quedarse ahí es como enseñarle a alguien a encender una sierra eléctrica sin enseñarle carpintería. El problema no es exclusivo de esa escuela, es sistémico: estamos diseñando la formación en IA preguntando qué puede hacer la herramienta, en lugar de preguntarnos qué necesita la persona. Aunque parece un matiz menor, cambia el resultado por completo.


Cuando una escuela pregunta "¿para qué sirve ChatGPT?", lo que define es un catálogo de usos: redactar correos, generar rúbricas, resumir documentos. Todos válidos y necesarios, pero ninguno transformador por sí solo. La tecnología no transforma nada si la estructura sigue intacta. Un docente que aprende a usar ChatGPT para generar reactivos de examen más rápido, pero que sigue evaluando con los mismos criterios de siempre, no ha cambiado nada; simplemente hizo más eficiente algo que quizás valía la pena cuestionar primero, como lo hemos platicado anteriormente.


Finlandia acaba de publicar su visión de educación hacia 2045, y una de las ideas centrales del documento menciona algo que me parece clave: educar en función de "lo que la IA todavía no puede hacer" es una estrategia que se derrumba sola. En cuanto la IA lo haga, ¿entonces qué? Si construyo mi estrategia preguntando qué hace hoy la IA, estoy diseñando algo que en dos años será obsoleto (y me quedé corto). Pero si parto de "¿qué necesita este docente, este alumno, esta institución para funcionar mejor?", la IA aparece como herramienta al servicio de ese cambio, no como punto de partida.


Volviendo a aquella directora: no la culpo. El mercado de formación en IA está inundado de cursos que prometen transformación en ocho horas. Es tentador, cumple con la lógica de la inmediatez, de las horas de capacitación, de “ya hicimos algo”. Pero adoptar una herramienta sin rediseñar los procesos que la rodean produce, en el mejor de los casos, eficiencia cosmética. Los docentes interesados aprenderán a usar ChatGPT en sus ratos libres, pero nadie cambia cómo se planea, cómo se evalúa o cómo se toman decisiones. Y seis meses después, la herramienta cae en desuso porque no encontró dónde aterrizar en el día a día de la institución.


¿Qué queremos que logren nuestros docentes que hoy no pueden? ¿Qué les está quitando tiempo donde deberían estar pensando? ¿Qué decisiones están tomando a ciegas? Esas preguntas abren un camino distinto. Y al final de ese camino, sí aparece la IA, pero como respuesta, no como punto de partida.


La escuela de aquella reunión probablemente terminará su curso de ChatGPT, recibirá sus constancias y seguirá operando igual que antes, porque nadie les preguntó (o no quisieron responder) qué necesitaban de verdad antes de ofrecerles una solución. Eso es lo que nos da tristeza: no perder un cliente, perder una oportunidad.

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