Carla tiene razón. Y aún así está equivocada.
- Ernesto Bañuelos
- hace 2 días
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Actualizado: hace 1 día

Carla y yo nos conocemos desde antes de Twitter. Eso, para quien no lo recuerde (o ni siquiera se lo imagine), significa que nos conocemos desde la era de los foros de correo: esas comunidades de texto puro donde la gente se juntaba por un interés compartido y debatía con una intensidad exótica. Nosotros coincidimos en un foro Tolkiendili. Discutimos apasionadamente sobre lenguas élficas, la cronología del Silmarillion, si Bombadil era un Valar o no, siempre con mucho respeto y apertura a escuchar al otro, algo que hoy en día, si soy honesto, extraño. Con los años nos hemos perdido y reencontrado, como suele pasar con los amigos virtuales que en algún momento fueron más reales que muchos presenciales. Pero en estos últimos meses, cada vez que nos cruzamos, noto algo distinto en Carla: se ha vuelto defensora feroz del copyright, una escéptica declarada de la inteligencia artificial generativa y, sobre todo, crítica implacable de todo lo que huela a máquina creando algo.
No le falta razón. Pero tampoco le alcanza.
Lo que Carla ve cuando mira la IA generativa es lo que cualquiera ve al asomarse a Instagram o a X: ruido. Plátanos enamorados que terminan en asesinato, trailers de Harry Potter de barrio, contenido producido en masa sin más intención que ver si algo “pega”. En el ecosistema de IA ya tiene nombre: AI slop. Antonio Ortiz y Matías Zavia le dedicaron una discusión lúcida en el último episodio de Monos Estocásticos (uno de los podcasts de IA más serios que se hacen en español) dejando una pregunta interesante sobre la mesa: ¿dónde termina el slop y dónde empieza la creación con intención?
Sin embargo, hay una diferencia que se pierde en la generalización: entre alguien que aprieta un botón y descarga ruido al mundo, y quien utiliza estas herramientas como parte de un proceso creativo con intención, criterio formado y voluntad, hay una distancia enorme. La misma que hay entre un tag improvisado en una pared y un mural de Rivera. La herramienta no define el resultado, sino la relación que se establece con ella.
Ésta es la trampa en la que caemos todos, no solo Carla.
Andrej Karpathy, uno de los investigadores de IA más influyentes del momento, lo describió con precisión: hay dos grupos de personas hablando de inteligencia artificial sin escucharse. Por un lado, quienes probaron versiones básicas de algún modelo, se toparon con errores absurdos o plagios flagrante tipo “hazme una imagen estilo Estudio Ghilbi”. Por otro quienes trabajan con modelos avanzados de forma cotidiana, y viven algo cualitativamente distinto, al punto de que parece que hablan de otra tecnología.
El problema es que ambos grupos usan la misma palabra: IA. Y entonces el debate se convierte en lo que Karpathy describe como gente hablando past each other. Uno dice "la IA se equivoca con preguntas de primaria y el otro dice "la IA acaba de reestructurar una base de código que me habría llevado semanas". Los dos tienen razón, pero están hablando de cosas completamente distintas. En ese sentido, Carla no está equivocada sobre lo que ve sino sobre lo que concluye.
Pero incluso esa brecha se queda en la superficie. Hay algo más: no tenemos del todo claro que es realmente “propio”. Nicolás Alvarado contaba hace poco, en su canal La Pinche Complejidad, la historia de una cerveza que compró en una galería de arte. El colectivo danés Superflex había producido una receta de "código abierto" en homenaje a la famosa frase de Richard Stallman: free as in free speech, not as in free beer. La provocación era sencilla: las recetas de cocina no están sujetas a copyright. ¿Quién es dueño del mole poblano? ¿De la pizza napolitana? Nadie. Y justamente por eso tienen múltiples versiones.
La pregunta que hace Alvarado es: ¿dónde está exactamente la línea entre lo que es propiedad y lo que es cultura? Porque el copyright no es eterno ni universal. Es un acuerdo social que cambia con el tiempo.
El plagio, por supuesto, existe. Es real, es condenable y es anterior a cualquier modelo de inteligencia artificial. Lo que ha cambiado es su escala. Por eso importa hacer una distinción: plagio e inspiración no son lo mismo, y confundirlos no le hace ningún favor ni a los creadores ni a la conversación.
Toda creación humana parte de algo previo. Shakespeare adaptó historias que no eran suyas. Borges construyó sobre Cervantes y Kafka. Los Beatles definieron su sonido después de absorber a Chuck Berry hasta los huesos. La inspiración siempre tiene una deuda, muchas veces imposible de saldar con una sola cita. Llamar robo a toda influencia es un salto lógico que empobrece más de lo que protege. Amplificar un problema no es lo mismo que crearlo.
Volviendo a Carla. En el fondo, no estoy en desacuerdo con ella. Estoy en desacuerdo con la generalización. Con esa tendencia a convertir una discusión compleja en un juicio binario, cuando lo que tenemos enfrente es, claramente, una gama de grises. Sí, hay slop… si, hay mal uso… sí, existen infracciones de copyright reales y preocupantes, y la escala del problema obliga a tomarlas en serio. Pero también hay creadores que están incorporando estas herramientas con propósito y con la misma disciplina que cualquier oficio bien ejercido. Y hay generaciones enteras que tendrán que aprender a moverse en este nuevo entorno. Para ellos, las advertencias no son suficientes, necesitan herramientas para construir un criterio sólido y responsable.
La diferencia entre crítico y criticón va más allá de señalar el problema: el criticón señala el problema y se queda ahí. El crítico, en cambio, señala el problema y pregunta qué sigue.
A Carla la conozco desde los foros Tolkiendili. Sé que tiene el criterio para hacerse la pregunta. Ojalá se la haga.



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